El agua, saltarina, rebelde, juguetona, ruidosa; otras, tranquila, silenciosa, soñadora, susurrante; pero siempre sugerente.
El agua, protagonista de los Oscos junto con el gris de la pizarra de sus casas y el verde de sus prados y montañas.
Comarca extrema y bella, de gentes amables curtidas por la dureza del terreno y la generosidad del agua

Los Oscos es una comarca situada al suroeste de Asturias, limitando con la provincia de Lugo y muy próximo a ésta, compuesta principalmente por tres pueblos: Santa Eulalia de Oscos, San Martín de Oscos y Villanueva de Oscos. Los tres forman un triangulo en un escarpado y accidentado relieve donde abunda el agua y el hierro, ambos elementos aprovechados por sus gentes. Comarca aislada geográficamente por su complicada orografía y que debido a esto mantiene aun unas señas de identidad propias con poblaciones semiabandonadas donde sobreviven uno o dos vecinos. Su naturaleza está prácticamente intocada.

San Martín y Santa Eulalia de Oscos

3 de mayo, martes

A media mañana dejamos atrás Madrid con un tiempo que parecía más otoñal que primaveral y tomamos la A-6, monotona como todas las autovías hasta llegar cerca de la comarca de Los Ancares Leoneses donde el paisaje comienza a cambiar y tras haber pasado el puerto de Piedrafita do Cebreiro y habernos adentrado en la provincia de Lugo, abandonamos la A-6 poniendo rumbo norte a A Fonsagrada. Por sinuosas carreteras locales que se van abriendo paso entre valles nos adentramos en Asturias y antes de llegar a Santa Eulalia de Oscos pasamos Mazonovo, lugar en el que se encuentra un antiguo mazo (fragua). No vimos cartel alguno que señalara este lugar, pero en Santa Eulalia preguntamos y decidimos dar la vuelta. Una vez allí pudimos comprobar que cartel existe, pero casi borrado, que los lunes y martes permanecía cerrado y que apenas había sitio donde aparcar, sólo en la cuneta, así es que una vez más, dimos la vuelta para continuar camino hacia San Martín de Oscos por una estrecha carretera que partía desde Santa Eulalia pero que evitaba dar una bonita vuelta de casi 20 km que por estas tierras tan accidentadas, era de apreciar.

Ya en San Martín de Oscos encontramos un buen sitio donde pasar la noche, en el area recreativa, a escasos 100 m de casas habitadas y junto al arroyo con un agradable sendero que unía esta área con el pueblo a donde fuimos a estirar las patitas. El pueblo, agradable, tranquilo cuidado con cariño, tiene junto a la iglesia un horreo con el techo de paja, de los más antiguos de la zona, y junto al centro de salud, otro pequeño aparcamiento recogido para poder estacionar, pero decidimos quedarnos donde estábamos.

4 de abril, miércoles.

Una persistente lluvia y un cielo totalmente gris nos anunció el nuevo día. Peor que ayer así es que hice un cambio de planes y en vez de irnos a hacer una pequeña excursión a la aldea de Mon con paseo posterior incluido, decidimos hacer un pequeño recorrido en la auto por pueblecitos poniendo rumbo hacia Labiarón y Soutelo, al norte.

Y comenzamos a tomar contacto con la comarca: accidentada con retorcidas y estrechas carreteras que unían pequeñas aldeas compuestas por unas cuantas casas construidas de pizarra gris con techo de pizarra negro, desperdigadas aquí y allá mimetizadas con el paisaje, fundidas entre el gris del cielo y verde de sus prados, unidos unos tejados a otros hasta parecer a veces una lancha de piedra continua…Contemplando este espectáculo y temiendo cruzarnos con algún otro vehículo, llegamos a Labiarón y una vez allí decidimos regresar ya que supusimos que más o menos esto era lo que íbamos a encontrar si continuábamos y quizás no merecía la pena arriesgarse por estas estrechas carreteras donde en determinados sitios era muy difícil que pudiéramos caber dos a la vez, y regresamos a San Martín, compramos un hermoso pan de hogaza de trigo y centeno a un panadero que venía repartiendo con su furgoneta y de nuevo nos “aventuramos” por la estrecha carretera que nos llevaba a la villa de Mon.

Similar carretera, que a unos km se abre paso a través de un extenso prado salpicado de arboles aquí y allá…y un minúsculo tractor que arrastra estiércol que de vez en cuando va perdiendo y que no nos deja pasar, hasta que él continúa por un sitio distinto al nuestro. Al final, aparecen a nuestra derecha un grupo de casas y al fondo un ensanchamiento donde dejamos aparcada la autocaravana.

El paisaje, pese a estar el día gris, es una belleza. Descendemos hasta el palacio de Mon, una de las mejores muestras de arquitectura nobiliaria de la zona: es un edificio austero y geométrico. Soberbia y elegante construcción que armoniza con unl entorno de una belleza especial. De cuerpo rectangular aparece flanqueado por dos torres. Damos la vuelta y contemplamos su simétrica fachada en la que destacan dos escudos de una fina labor decorativa. El palacio y las casas anejas aparecen encajadas entre suaves lomas, como mecidas por ellas. El gris del cielo y un poco de bruma que la envuelve casi da credibilidad a su bonita leyenda de cuento de hadas en el que un hermoso joven da muerte a una serpiente de siete cabezas rechazando la mano de su amada princesa por no tener casa. El rey construye este palacio donde vivirá la feliz pareja.
Distinguimos tan solo dos personas, una dentro del palacio que habla con la otra desde una ventana.

Descendemos por una pendiente carretera con intención de dar un pequeño paseo por este bonito lugar y luego ascendemos suavemente evitando como podemos el agua que baja aprovechando el camino. A nuestra izquierda aparece una pequeña ermita, la de Santa Marina y un poco más a la izquierda nos asomamos al mirador desde el que contemplamos la belleza de este paisaje de Los Oscos, accidentado y escarpado. Pero el día gris nos limita algo la plena visión. Desandamos un poco el sendero para dirigirnos hacia el Mazo de Món por un serpenteante camino que se introduce entre una abundante vegetación de robles, abedules y castaños principalmente, acompañados por el agua que desciende por multitud de regueros creando rincones de una belleza especial por donde el agua se descuelga entre auténticos tapices de mullido musgo hacia el suelo, sembrado de helechos y multitud de pequeñas plantas. Luego, el camino se abre y aparece una ladera pintada del suave morado de los brezos en flor y salpicada por el amarillo de la genista. El suelo está tapizado de diminutas violetas,prímulas y narcisos. Toda una belleza para nuestros ojos. A mi derecha me parece ver un animal grande que confundo con un perro, pero resulta ser un ciervo que rápidamente se interna entre los brezos perdiéndose ladera arriba.Tras una hora de paseo el camino se descuelga rápida y sinuosamente hacia el fondo del valle, que todavía no vemos. Y todo lo que bajemos, habrá que subirlo y calculamos que puede quedar bastante, así es que recordando lo leído (“El regreso se efectúa desandando el camino salvando una fuerte pendiente de un desnivel aproximado de 600 m”)decidimos regresar.

Comimos en el mismo lugar donde habíamos pasado la noche y regresamos por la misma carreterita hasta Santa Eulalia de Oscos haciendo una pequeña parada en la aldea de Martul, aislada y colgada de la ladera con unas preciosas vistas y casas de pizarra gris y horreos. Paseamos por su única calle y si bien el lugar es bonito, no dejaba de ser un poco “cutre” con plásticos en algunos sitios y suciedad, sin saber si era por pobreza o sencillamente por dejadez. Continuando con nuestro descenso pudimos admirar un palomar típico de la zona de forma circular

Dejamos atrás Santa Eulalia donde pudimos ver junto a la plaza un bonito aparcamiento, grande y plano donde poder pasar la noche y continuamos con idea de visitar el mazo de Mazonovo. Conseguimos aparcar en la cuneta y descendimos por un camino hacia el fondo del valle donde se veían un conjunto de edificios de nuevo, de piedra gris formando un bonito conjunto. Estaba cerrado y dos hombres trajinaban colocando puestecillos. A nuestra pregunta y para nuestra sorpresa respondieron que el responsable no estaba, que se había ido. Eran las cinco menos cuarto cuando en teoría a partir de las cuatro y media debería estar abierto. Sugirieron que preguntáramos en las casas de arriba y/o en la después del puente. Así lo hicimos sin obtener resultado y más cabreada que una mona, soltando improperios sobre la seriedad de esta gente regresamos a Santa Eulalia. Dejamos la auto en la plaza que habiamos visto antes y entramos en una de sus tiendas, “el corte inglés” las llamamos porque tienen absolutamente de todo. Precio de un cuchillo de Taramundi: 5,40 euros. Me pareció caro, por muy artesanal que fuera. Luego nos acercamos a la panadería en la que compramos una bolsa de bollazos que nos costó 3 euros.Sosos como ellos solos.

Como era pronto aún decidimos hacer un pequeño recorrido circular por carretera hacia La Garganta. Paramos en Barcia, al fondo del valle, a contemplar la casa de Aquel Cabo Palacio rural que formaba un bloque cerrado por un muro de pizarra con varias construcciones en torno a un patio entre las que pudimos distinguir dos horreos en medio de un bonito jardín.

De nuevo en la carretera general, ascendimos entre una niebla que nos impidió disfrutar del paisaje, hasta La Garganta donde la suerte nos permitió contemplar a tres ciervos que a nuestro paso corrieron para esconderse entre los brezos. Descendiendo hacia Villanueva de Oscos, dejamos atrás pequeñas aldeas para detenernos en Morlongo, colgado en la ladera de la montaña, compuesto de tres o cuatro casas y con la arquitectura típica de la zona y un hórreo con techo de paja bastante bien conservado.

Ya en Villanueva de Oscos pasamos por delante del Monasterio para cargar gasolina en la única gasolinera que habíamos visto por la zona. Pregunto si por la zona se pueden ver cabazos (como hórreos pero asentadas sobre muros de piedra a ambos extremos o una plataforma continua) y me comentan que no. Horreos hemos visto bastantes, pero no así estas construcciones.

Para terminar el día fuimos al area recreativa de Pumares, con sitio para una media docena de coches pero a unos 200 o 300 m de las casas, así es que, siguiendo nuestra manía, nos acercamos un poco más a las viviendas y frente a una pedimos permiso a un lugareño para pasar la noche frente a la puerta de su casa, junto al río y con unas preciosas vistas a este bonito lugar, formado por un grupo de viejas y vetustas casas y dos grandes edificios que eran hoteles rurales. Todo formaba un precioso y armonioso conjunto. Al otro lado del río, en un prado, pastaban 2 caballos. A última hora comenzó a llover, pero ellos, continuaron impertérritos. La noche cayó y nos fuimos pronto a dormir.



Santa Eulalia de Oscos. La Cascada de Seimeira.

Taramundi. La casa del agua

5 de abril, jueves.

La mañana siguiente aparece gris, aunque sin llover. Tras desayunar nos disponemos a hacer la ruta hacia la cascada de Seimeira que parte justo donde estamos aparcados y se abre paso a través de bosques de castaños y robles, paredes tapizadas de musgo y helechos y suelos salpicados de prímulas, violetas y narcisos. Vegetación exuberante y salvaje casi en estado puro. Nos acompaña el río Agüeria que remansado en algunos rincones desciendo cristalino y limpio. Mara disfruta con nosotros de este paseo y de un delicioso bocado que ha conseguido en un descuido nuestro y que nos causa cierta repugnancia: un ratoncillo muerto.

Tras una corta y pronunciada subida alcanzamos la abandonada aldea de Ancandeira donde el estado ruinoso de sus casas nos habla de un pasado no muy lejano de sus gentes humildes y de su duro trabajo en una zona de difícil acceso. Todavía, una de las casas al pie del camino que asciende, se mantiene en pie y aventurándonos a su interior podemos distinguir varias estancias, entre ellas la cocina -por su techo ennegrecido-. Del resto de las casas de piedra negra y techos de pizarra, solo se mantienen parte de las paredes abrazadas por todo tipo de vegetación, resistiéndose al abandono. Al parecer fue en los años sesenta cuando sus gentes se dieron por vencidas y buscaron otros lugares.

Avanzamos dejando a nuestra derecha altas paredes de piedra que aguantan la tierra de lo que supuestamente serían huertos cultivados, y a nuestra izquierda paredes que sujetan las aguas de un río que ahora desciende impetuoso.

Y llegamos a una explanada de viejos y enormes castaños, desnudos aun por el invierno donde han construido mesas y bancos a modo de merendero.

Un panel explicativo nos indica la existencia de corripas, pequeñas construcciones circulares de piedra donde guardaban y conservaban las castañas, de las que podemos observar dos, una al otro lado del río, frente al cartel y otra en la propia zona del merendero. Y nos pasan dos grupos de caminantes que al parecer, con cierta prisa, se dirigen a la cascada. Cuando nos quedamos solos, vuelvo a recorrer con la vista estos vetustos castaños. Los viejos y grandes árboles despiertan siempre mi admiración y me gusta disfrutar de ellos, y algo más, me gusta abrazarme a ellos, como si pudieran comunicarme silenciosamente sus viejas historias.
Estamos en el valle del desterrado, donde otro panel nos cuenta la vieja leyenda de un criado desterrado por cumplir la orden de su amo de matar a un cura por no atender a su petición de aplazar la misa hasta que el llegara. Tras disfrutar de un poco de soledad, continuamos hasta llegar a la cascada, donde un gran ruido nos anuncia ya su presencia.


El agua se desprende y cae desde 20 o 30 m de altura separandose en abanico y precipitándose ruidosamente. Se rompe también en una fina lluvia que cubre todo y moja piedras y lanchas de pizarra que hacen trabajoso el ascenso y peligroso el descenso que hacemos para contemplarla más de cerca. Su belleza y fuerza impone y sobrecoge. Es una de las cascadas más bonitas que haya podido disfrutar, y tengo un buen catálogo de ellas. Coincidimos con los dos grupos de personas que nos adelantaron en el valle del desterrado, pero enseguida, sin comprender la prisa que tenían, nos dejan solos y podemos disfrutar de la quietud y belleza del lugar.

De regreso, nos cruzamos que algunos grupos de caminantes que se dirigen a la cascada. El sonido del agua y esta vegetación casi salvaje sigue causando mi admiración y disfrute.

Tras unas 3 horas de agradable caminata, regresamos a la camper, nos despedimos de nuestro agradable vecino y nos dirigimos hacia Taramundi. Atravesamos La Garganta, con un poco de niebla que nos impidió disfrutar del paisaje y descendimos a lo que parecía ser otro valle, pero más abierto que los que habíamos visto estos días atrás. Hicimos una parada en Bres, a la “casa del agua”. Eran las dos menos cuarto y cerraban a las dos, pero amablemente se ofrecieron a esperar si tardábamos un poco más. Se trata del antiguo edifico de las escuela –se llama“escuela hispano-argentina" construida con la ayuda del dinero que los “indianos” emigrantes a Argentina enviaron a su pueblo. Ahora alberga un curioso e interesante museo con maquetas de distintos ingenios que utilizan el agua como fuerza motriz y que se ponen en funcionamiento apretando un botón. Pero quizás lo más curioso es una máquina que ocupa el hueco central entre las plantas a escala natural concebida como una máquina de movimiento continuo formada por ingenios motores y elevadores más simples combinándose al funcionar juntos mediante un circuito cerrado de agua que circula constantemente.
Dimos un breve paseo por el pueblo y me entusiasmé cuando pude ver mi primer cabazo, pero a partir de ahora, sería una visión bastante frecuente. Es curioso como la arquitectura popular puede variar en tan pocos kilómetros de distancia. Seguía habiendo horreos, pero estas construcciones no eran tan frecuentes como los cabazos.

Pregunté por posibles rutas ya que nuestra idea era internarnos por carreteritas comarcales, pero si bien nos dijo que eran bonitas, también que eran muy estrechas y había tráfico, por lo que desistimos y decidimos bajar a Taramundi. Tras atravesarlo casi sin darnos cuenta, ya que solo es una calle con mucha gente, paramos a comer en un gran ensanchamiento a unos 500 m del pueblo. Después nos acercamos un poco más pero tuvimos que dejar la auto a 200 m, en el punto limpio. Estaba buscando unas madreñas, recordando a una vecina que ocupó una pequeña parte de mi infancia, Felisa, curtida leonesa, analfabeta y con lenguaje algo….especial que se “ponía unos zapatos de madera en los pies y salía a comprar con ellos”. Me sorprendía de pequeña que pudiera andar con tanta naturalidad con aquellas cosas en los pies. Así es que entramos en una tienda de artesanía, muy fina, pero que pedía un precio a mi juicio algo elevado. Preferí elegir las tiendas tipo “corte inglés” donde podiamos encontrar de todo. Y así, compré unas, de mi número y a un precio razonable. En la siguiente, del mismo tipo, encontramos un fuelle para la chimenea que nos gustó y entramos. Estaba hasta arriba de gente que como locos, queríamos comprar lo que fuera. La dependiente estaba muerta de risa y cuando fuimos a pagar, el fuelle y un cuchillo de la zona, la dije que comprendía por qué se reía, que era como si un mismo bicho nos hubiera picado a todos y nos hubiera dado un ataque compulsivo por comprar y gastar. Y es que este pueblo no tenía nada en especial, solo unas tiendas (yo pude ver 4) y restaurantes y cafeterias o bares y estaba lleno de gente que iba y venía de un sitio a otro, como poseidos….
Estábamos escasos de agua y queríamos darnos una buena ducha, así es que subimos a Bres, donde habíamos localizado una fuente de facil acceso junto a la iglesia y cargamos el depósito hasta arriba.

De nuevo en Taramundi, bajamos a ver el camino que nos llevaba al museo de los molinos en Mazonovo, a Esquios y Teixois. En Bres nos había recomendado llegar con la camper a Teixois y de allí ir paseando a Teixois. Pero justo en un estrechamiento de la carretera y en una curva contemplamos un pequeño “tapón” de turismos que tardaron en entenderse para cederse el paso y pasar. Preguntamos a una persona que regresaba y nos dijo que lo peor del camino estaba allí. Al principio dudé en ir con la camper, pero luego, me decidí si nos ayudábamos con los intercomunicadores. Y así lo hicimos franqueando la curva y el estrechamiento sin problema alguno. Luego la carretera que parece estar en obras para ser ensanchada, llega hasta Mazonovo donde un montón de coches se alineaban a un lado u otro del camino. No encontramos sitio donde aparcar y decidimos continuar a Teixois pero de frente nos encontramos con 3 turismos, detrás de nosotros, 2 más y a un lado, vehículos aparcados. Todo esto cuesta arriba. Angel dio las órdenes oportunas y conseguimos pasar con esfuerzo ya que cuesta arriba y con gravilla suelta, empezó a patinar un poco. Decidí llegar a un sitio donde poder dar la vuelta y no aventurarnos por estas raquíticas carreteras. El trayecto que hicimos hasta encontrarlo era igualmente estrecho y el algunos sitios estaba seguro de no caber si me cruzaba con un turismo. La visibilidad tampoco era buena, por lo que cuando encontramos el lugar, pude respirar con tranquilidad. Decidimos dejar allí la camper y hacer el kilómetro y medio que nos separaba de Esquios andando. Seguimos el ascenso de la carretera hasta que llegamos a este apartado rincón, colgado de la falda de la montaña y que alberga un curioso museo de todo tipo de instrumentos en unos 300 m2 que su dueño ha ido reuniendo con el paso de los años, así como un taller de forja, pero por lo que a mi gusto merece más la pena es por el cabazo del siglo XIX , único por tener un corredor tallado y que aparece “colgado” de la ladera, asomado hacia el valle formando un bonito conjunto.

Deshicimos el camino hacia la camper y comenzó nuestra búsqueda de un lugar donde poder pasar la noche, búsqueda, que dada la inclinación del terreno en las poblaciones que dejábamos atrás, nos llevó hasta A Pontenova, en la provincia de Lugo. Allí descubrimos una bonita área para autocaravanas, nueva, con todos los servicios, junto al río y casi en el centro, junto a los antiguos hornos, pero ocupada a excepción de una plaza por turismos, así es que regresamos y cerca de Taramundi, entre la carretera y el río el dueño de un terreno al que casualmente preguntamos, nos dio permiso para pasar la noche allí. Era ya tarde y no había donde elegir, así es que aunque el lugar no era bonito, allí nos quedamos.

Mazonovo y la ruta de los Ferreiros

6 de abril, viernes.

La mañana no aparece tan gris como en días anteriores. Compramos pan al mismo panadero al que le compramos el primer día en San Martín de Oscos. Duro trabajo el suyo teniendo que llegar por estas carreteras de nada a cualquier rinconcillo perdido para vender una hogaza a alguno de sus escasos habitantes. Y el tiempo que tardará en desplazarse por ellas….Teniamos previsto visitar en primer lugar el museo de los molinos en Mazonovo para hacer luego una pequeña ruta circular .

Aparcamos la camper y bajamos al museo de los molinos andando por un camino que parte cerca de la sidrería, donde estaba la curva y estrechamiento de la carretera y llegamos en 5 o 10 minutos. Faltaba un cuarto de hora para abrir, pero sin ningún problemas entramos, en turnos, ya que no Mara debía quedarse fuera.
Y aunque los museos me siguen aburriendo, éste merece unas líneas por lo ameno, interesante y didáctico. Trata de explicar la evolución de los molinos a través de la historia y comienza con un video de unos 7 minutos que nos explica lo que vamos a ver. En una primera sala encontramos los molinos más antiguos que se pueden accionar y ver por tanto su funcionamiento. Salimos al exterior y un pequeño paseo a lo largo del canal que abastece el museo, nos muestra el funcionamiento de un molino chino y otro brasileño para finalizar en la presa que abastece de agua a todo el conjunto y que forma una bonita caratarata artificial. Pasamos luego al otro lado del río y allí encontramos los molinos más modernos, entre ellos el que abasteció de harina al pueblo así como una central eléctrica propia que da energía a todo el conjunto y que es movida por una turbina hidráulica que asimismo mueve el molino mas moderno del museo. Igualmente es interesante un molino desmontado donde se pueden observan sus distintas partes y también varias herramientas del molinero.

A Raul le gustó y volvió a entrar con su padre. Mientras esperaba con Mara vi que para ir a Teixois la carretera partía justo al otro lado de la de Esquios. Es decir, cada una bordea las laderas opuestas del valle. Pero me pareció igual de estrecha y había mucha gente…demasiada. Mientras esperaba me entretuve observando a la gente: realmente si nos detenemos un poco, somos o podemos ser un circo de tres pistas para los demás. Qué zoo!

Bueno, decidimos hacer un recorrido corte y elegimos la ruta de los ferreiros que parte después de pasar el puente sobre el río Turía, hacia la derecha, siguiendo el curso del río. Una abundante vegetación de alisos, castaños, robles, fresnos, abedules…nos acompaña todo el camino, al igual que el murmullo del agua, los musgos tapizando los roquedales y paredes…las florecillas silvestres…toda una belleza. Tras cruzar un puente nos colocamos al otro lado del río y llegamos a Vega de Zarza. Unas bonitas casas de turismo rural llaman nuestra atención, ya que son todas de piedra, disponen de un terreno al aire libre con barbacoa por donde pasa el agua y disfrutan de unas bonitas vistas. Vega de Zarza conserva viejas casas tradicionales de la zona y una panera. Nos “colamos” hacia el área recreativa a la que se accede después del molino, para volver sobre nuestros pasos, atravesar la carretera y continuar ascendiendo por los caseríos de La Grada,y Vilanova para adrentrarnos en un espeso bosque de castaños en el que hace años se recogían grandes cantidades de castañas para alimento de personas y animales. Duro trabajo ya que se extiende por la ladera a lo largo de una pronunciada pendiente. El camino continua ascendiendo y en algún tramo se hace duro.Unos arbustos de boj de buen tamaño llaman mi atención y nos dan la bienvenida antes de llegar al último tramo de nuestro recorrido, Pardiñas colgado de la ladera y con unas preciosas vistas al valle, bonitas casas de piedra y paneras y del que parte una pista asfaltada hasta Taramundi a donde llegamos tras unas tres horas de caminata. De nuevo nos sumergimos repentinamente entre oleadas de gente que va de un sitio a otro. Intentamos comprar unos dulces que nos habían gustado, pero estaban agotados.

Decidimos alejarnos y comenzar con tranquilidad nuestro regreso a casa. Comimos donde habíamos pernoctado y nos dirigimos a A Pontenova donde el área de autocaravanas estaba completa. Una señal en la carretera nos indica un complejo etnográfico a tan solo 12 km, así es que decidimos acercanos. Si bien la carretera es retorcida y transcurre ascendiendo y descendiendo entre hermosos paisajes, tiene un ancho aceptable, pero cuando llegamos a la desviación comprobamos para nuestra desgracia una vez más, que se trata de un camino asfaltado donde no cabemos en caso de encontrarnos con otro vehículo de frente. Además, la señal aparece pintada y borrada no sabemos si por dejadez o por que realmente el sitio ya no existe, así es que, una vez más, dimos la vuelta por donde habíamos venido encontrándonos con las autocaravanas que estaban en el area de pernocta de A Pontenova. Un grupo de unas 8 ó 9. De regreso a esta localidad, paramos a vaciar aguas y dimos un breve paseo entre los antiguos hornos, conservados como testigos de su pasado y continuamos por donde el Tom tom nos enviaba, a veces extrañados por ser carreteras secundarias que pasaban por pueblos perdidos donde posiblemente en número de cabezas de ganado superaba al de sus habitantes. Pero no teníamos prisa alguna y disfrutamos de las vistas que nos ofrecía.
Solo queriamos llegar a Astorga al area de autocaravanas, lo que conseguimos rozando ya la noche. El area no está indicada hasta que no se llega a la plaza de toros, lo único que nos sirvio de referencia para preguntar y llegar, ya que las coordenadas que teniamos no eran correctas. Una vez allí comprobamos que era un lugar solitario y alejado del centro (pese a que alguien comenta que no) así es que nos fuimos en busca de otro que encontramos al pie del instituto en una urbanización de chalets adosados. Ya casi de noche nos dimos un paseo hasta el la catedral y el Palacio Episcopal que solo pudimos disfrutar por fuera. Y como no, picamos, y compramos unas pastas y hojaldres astorganos de los que estuvimos dando cuenta algunos días después de finalizado nuestro viaje, lo que hicimos al día siguiente, sábado 7 de abril sin nada destacable.